Testimonios

Testimonio – Emilio

En San Carlos encontré quietud en mi mente. Ahora voy buscando plenitud en el alma. El primer año no fue fácil, menos mal. Pero pedir ayuda era y sigue siendo una decisión tomada, madurada y vital. Hay decisiones erradas. Pero el mayor error es no decidir. Y no creo que esta máxima se articule con la eventualidad del error. Es lo que tengo que hacer. Es lo correcto. Lo siento. El vacío que se llena de emociones, de equilibrio, de armonía. Pasa un compañero y me da un abrazo, de esos que nunca me dieron. Lo conozco más que a ninguna otra persona. Profundamente. Conozco su dolor, y me reflejo en él. Es nuestro. A otros no los conozco tanto, salvo por las asambleas, las clases de canto, los talleres o lo partidos de fútbol que me dejan sonriendo como antes. Como antes-antes. Sin ningún aditivo. Sólo el tácito amor que nos tenemos entre todos. Experiencias que se comparten, vidas destrozadas, muertes evitadas de milagro. Como la mía.

Un sentimiento de común unión. Disimulando nada. Asimilando todo. Aire sin mambo. Corazón sin palpitación. Espontaneidad. El no disfraz y la alegría de ir encontrándome. Un mañana sin ansiedad. Un futuro sin apuro. Las causas para estar mal o para estar bien son las mías. Lo demás es opinión. Cantadas canciones contadas: una estrofa que se hace fiesta en el alma.

Se oye “estoy contento de verdad”. Es El Oso. No la versión desganada de Birabent. El “de verdad” es un grito. El contento es de todos. Tarareo final, laralalarálala. Aplauso. Risas. Hasta el más parco se acerca. El fogón de la salud. La cordura del arte.

A veces me cuesta conciliar el sueño. Y no joroba. La vigilia se liberó de los fantasmas. Pienso, desarrollo y recién paso a la siguiente reflexión. O me duermo en paz. Imágenes como diapositivas, o ediciones prolijas.
No hay demasiadas dudas: seguir ya es conseguir.

En la espesa noche mi rumbo se llena de certezas. Que con Vero seremos buenos guías, lo suficiente para ser buenos padres. Siento a Dios en la mirada de Benjamín. El milagro de lo cotidiano me acerca más a Él. Deseo fervientemente que tenga un alma pura. Que ésa sea su mayor virtud. Y amarlo con responsabilidad. No quiero pretender más.

No creía en la felicidad, para mí era un cuento creado por un optimista imbécil. Así pensaba. Y ahora entiendo que se puede alcanzar, abrazando al dolor, superando las dificultades y reservando los momentos de bienestar en el corazón.

Con humildad, con sanidad, con amor.

Gracias San Carlos por estos primeros 365 días limpios. Me queda un larguísimo camino.

Hasta que me muera.

Viejito y feliz.