Testimonios

TESTIMONIO – DALMIRO

MIL95

Fui infeliz, errante. Fui buen y malo. Fui mentiroso y ventajero. Confundí valentía con temeridad. Aún rodeado de gente; me sentí tan solo! Llegué a dejar de llorar con lágrimas, peno no dejé de llorar. Disfracé de bronca al dolor y me lastimé mucho, mucho. La amargura finalmente me llego aganar el pecho y la depresión sometió a la voluntad, a tal punto que ya no fui dueño de mi vida. Llegué a pensar en la muerte como la única salida decorosa a tal infierno. Sólo quería ser feliz, no sabia como. Hace mil noventa y cinco días alguien me abrió la puerta de una casa y me invitó a pasar. Durante un abrazo prolongado; sentido, cariñoso, comprensivo y eterno; rompí en llanto, un llanto de niño, no de cualquier niño sino del niño que fuí. Y ese niño que llegaba  buscando, aunque sea, un poco de paz, aceptó la generosa propuesta de vivir allí por un tiempo.

Hace mil noventa y cinco días me dijeron que debía ser honesto y obediente. Entendí que debía ser valiente y no temerario, que nunca más estaría solo aunque no tuviera (físicamente) nadie a mi lado. Solo así podría enfrentar la lucha que debía enfrentar. Lucha que daré toda mi vida, porque de eso se trata: Luchar, luchar y luchar, todos los días , a cada paso, en cada amanecer, en cada elección.

Luchar , luchar y luchar por ser feliz.

¡La más justa de las causas por luchar!

Hace mil noventa y cinco días que permito que todo me conmueva; la sonrisa del niño, el lento andar del anciano, las nubes y el sol, las músicas, el día y la noche.

Todo lo que tengo (no hablo de cosas) es mío y lo merezco, es fruto de mi esfuerzo y de mi lucha. Todo lo que tengo es todo lo que necesito. Y todo aquello que desee lucharé por conseguirlo.

Hace mil noventa y cinco días que vivo en esperanza, como estado de ánimo, la que me da esta actitud optimista de que algo bueno me espera. Por eso a cualquier lado llegará primero mi sonrisa y después yo.

Hace mil noventa y cinco días que los días pueden ser buenos o malos, pero al llegar la noche mis hijos me dirán “te amo papi”, entonces ese habrá sido un gran día. Y es que hoy me siento merecedor de ese inmenso e incondicional amor (no siempre me sentí merecedor), y puedo brindarles, sin contradicciones, el más profundo amor. Y el amor me hace fuerte, y es la razón de todo. Hace mil noventa y cinco días que lucho por ser agradecido; a Dios, en primer lugar, en él puedo descansar. Agradezco a mis hijos, a mis padres y a mis hermanos. Agradezco a mis amigos y a cada uno de los que forman parte de mi vida.

Hace mil noventa y cinco días que me pusieron de pie y me enseñaron a luchar por mi vida.

¡Gracias, muchas gracias Fundación San Carlos! Hace mil noventa y cinco días que no me drogo.

Dalmiro