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Compartimos el trabajo realizado por el alumno Juan Ciccetti

La temática que elegí elaborar surgió en la medida que comencé a evocar los recuerdos y las sensaciones que me dejaron la visita a la Fundación San Carlos. La experiencia abrió ciertos cuestionamientos que decidí explorarlos en este trabajo.
El primer significante que venía a mi mente ni bien abandoné la institución era “abrazo”. Una y otra vez venían a mi memoria la cantidad de abrazos sinceros que vi esa tarde, abrazos que me tocó experimentar cuando me despedía de los participantes del “grupo de autoayuda”. Todos ellos sin excepción, me despidieron pronunciando mi nombre, deseándome suerte y luego, el abrazo, abrazo presente, sentido. Desde mi llegada hasta mi partida una y otra vez me encontré con gente que me miraba a los ojos, que me preguntaban interesados de dónde era, qué hacía, me contaban sus historias, todos se ofrecían. Salí de allí sintiéndome parte de algo, sintiéndome alojado en el deseo de otro. Cuando yo había ido como un mero observador, la experiencia, sin haberlo anticipado, había impactado en el cuerpo. Así es que decidí explorar “el cuerpo institucional en tanto función reparadora”. Poder tematizar el cuerpo en tanto tejido simbólico, cuerpo como lugar del otro y a la vez pensar a la Institución (instancia simbólica) como generadora de cuerpo, como reparadora de ciertas fallas simbólicas no inscriptas correctamente en el desarrollo libidinal de ciertos sujetos.
Este trabajo apunta a abrir preguntas, sosteniendo la tensión intrínseca necesaria que la pregunta plantea. Es decir, la temática lleva en sí misma, a mi modo de verlo, una tensión que la expresaría de la siguiente manera:
¿Funciona el cuerpo institucional a modo de continente? O sea, ¿Se ofrece la institución como continente necesario para alojar a esas subjetividades poseídas por la ilusión de un objeto “encontrado”? ¿Es el cuerpo institucional el continente necesario para reelaborar la fijeza a ese objeto y re encauzar la líbido, retejerla con el deseo? Ó quizás, ese cuerpo institucional se aloje contundentemente en el trono del discurso amo, aplanando la subjetividad y saturando con su presencia el discurrir del deseo, un deseo entonces inhibido, opacado en su emergencia, generándose entonces un repliegue hacia la dimensión autoerótica del mismo.
¿Necesitan estas subjetividades de una fase en la que este cuerpo los aloje nuevamente para que puedan a modo reparatorio resignificar un “algo” de la metáfora paterna? ¿Ó es la Institución un gozar de los pacientes, invocando un discurso amo que sólo busca calmar la dimensión de la angustia social, que goza inconscientemente esas subjetividades?
Antes de poder tematizar la función repadarora del cuerpo institucional, sería conveniente repasar algunos conceptos fundamentales de la importancia del cuerpo materno en la estructuración subjetiva. El primer momento del desarrollo psíquico humano ha sido profundamente estudiado por el psicoanálisis desde sus inicios. Instancia en la cual la indefensión esencial del cachorro humano es el principio de un proceso de subjetivación que estará atravesado por la presencia de un Otro primordial, aquel Otro que nos introducirá en la Cultura y en el orden simbólico. Orden del significante a través del cual el niño podrá (con surte) enlazar el caos de las pulsiones parciales y emerger como un ser parlante un ser inscripto en el orden de la ley.
La madre (o quien desarrolle esta función) en tanto cuerpo implica su vos, sus cantos, su temperatura. La madre como función es el continente que servirá de enlace externo para poder enlazar internamente la complejidad de las pulsiones parciales. La función de la madre es prestar su cuerpo y ofrecerse para ser de continente apropiado a los contenidos parciales y fragmentarios del cachorro humano. Es decir, el continente materno será la pantalla en la cual el niño podrá comenzar un proceso de estructuración psíquica sumamente complejo, de identificaciones proyectivas hacia la madre, quien deberá responder a la altura de la función. Liberman habla sobre la permeabilidad necesaria que debe presentar el cuerpo materno para que las identificaciones proyectivas alcancen realmente a la madre. De ser así, la madre devuelve al niño esos berrinches y caprichos, esos dolores corporales y angustias profundas, elaborados de alguna manera, interpretados de alguna manera, haciendo lazo, alojando al niño en su deseo, particularizando su subjetividad, tejiendo y recortando el cuerpo. Sólo de esta manera el niño podrá hacer su parte de la ecuación. De no ser así, la impermeabilidad materna dejaría solo y realmente desamparado al niño en la propia elaboración de su mundo interno, ese cuerpo perdería a su interlocutora esencial dejándole una deficiencia profunda en el aparato simbólico, entendido este como aquel que traduce las sensaciones y percepciones en pensamientos y sentimientos que puedan transformarse en símbolo.
D.Winnicott aportará desde el psicoanálisis tres conceptos fundamentales para poder pensar la función materna en relación al niño. Estos conceptos serán el de holding (sostén), handling (manejo/manipulación) y la presentación objetal . Holding o sostenimiento está relacionado a la manera en como la madre sostiene a su bebé, si lo hace sin miedo a que se caiga, con tranquilidad, con la seguridad suficiente. De ser así el cuerpo del niño desarrollará la confianza y la entrega suficientes que serán la base del proceso de integración psiquis /soma.
La función de manipulación por su parte contribuye a que se vaya desarrollando en el bebé un tipo de integración psiquis/ soma que le permitirá paulatinamente ir reconociendo “lo real” como contrario de lo “irreal”. La manipulación facilitará la coordinación corporal, la experiencia del funcionamiento corporal y de la experiencia del self, favoreciendo según Winnicott la personalización del bebé.
Y en relación a la presentación objetal dirá que esta función consiste en mostrar gradualmente los objetos de la realidad al infante para que pueda hacer real y efectivo su impulso creativo, su impulso de salida exploratoria hacia la vida. Esto promueve en el bebé la creciente capacidad de este a relacionarse con los objetos.
En este período la voz y el cuerpo de la madre son la plataforma primordial a través de la cual el niño comienza a tejer sus valencias psíquico somáticas de encuentro con el Otro, comienza a desarrollarse el retoño subjetivo.
El cuerpo entra poco a poco en el desfiladero del significante, y comienza así a articularse un pasaje primordial en el desarrollo psíquico, el pasaje de la necesidad al estatuto de la demanda, del grito al llamado. La vivencia de satisfacción tiene un primer componente que Freud llamó la tensión de necesidad . Esta implica el aumento de carga dentro del aparato, concebido este como un sistema que tiende a la descarga. O sea, emerge el hambre provocando la emergencia de la tensión de necesidad (aumento de carga). Al aumentar esta se busca la descarga, la cual si no aparece el objeto (alimento) que sacia esta necesidad produce más tensión. Así, la asistencia ajena de la madre provee generalmente el objeto que satisface a esa necesidad, pero esta asistencia, que es la interpretación de la madre sobre esa necesidad del bebé, no se da sin la intervención de la voz, los susurros, los cantos, las caricias… Así la vivencia de satisfacción es un ensamblado muy complejo de huellas mnémicas que comienzan a tejer en el cuerpo del bebé el pasaje de la necesidad al estatuto de la demanda. En palabras de Massimo Recalcati: “la demanda es la dimensión de la necesidad moldeada por el significante”. El sujeto humano nace en el campo del otro, si es que hay un Otro allí para anticipar su llegada y alojarlo en su deseo. Si es que hay un Otro atravesado por la Ley del símbolo y dispuesto a dar lo que no se tiene a quien no es.
Muchas cosas pueden salir mal en estas complejas operaciones psíquicas por las cuales la díada madre hijo debe atravesar. Y una cuestión fundamental en este proceso será sumar a la díada la presencia pacificadora de la función padre. La metáfora paterna viene a romper la ilusión provisoria y necesaria que se forma en la paradisíaca díada entre la madre y el niño, el paraíso imaginario del encuentro con el objeto. El niño es el sustituto siempre insuficiente del falo, pero esto no deja de implicar que el niño pase a jugar de objeto del Otro materno, es más, el intentará por todos los medios identificarse con el falo, devenir el falo de mamá. La clínica de la psicosis vino ya hace mucho tiempo a demostrar los estragos maternos producidos justamente donde la metáfora patena no se hizo presente. El borde pacificador y ordenador de la sustitución metafórica, deseo de madre por nombre del padre, es esencial para acotar el goce materno. Sin esta operación metafórica en la madre el niño puede quedarse capturado allí en el goce terrible materno, goce que satura la falta-en-ser, entaponando la posibilidad de un sujeto del deseo. Si la operación metafórica no tiene lugar, tampoco tendrá lugar un sujeto de estructura neurótica, quién quedaría entonces reducido a objeto de goce de la madre. Así la castración simbólica que inscribe el significante en el nombre del padre tendrá una función normativa y ordenadora del goce, goce que a partir de ahora estará regulado por la ley de la palabra.
La falta esencial del orden simbólico dará así nacimiento a las diferentes zonas erógenas del cuerpo, resultante estas de los diferentes recortes hechos por el significante. Estas fuentes de excitación que reclaman su satisfacción parcial deberán sucumbir ante la instancia de la represión para que el sujeto pueda acceder a la organización genital orientada a la reproducción. Así, represión mediante, las pulsiones parciales logran una síntesis en la organización genital. Los excesos inconscientes reprimidos buscarán satisfacción en las fantasías inconscientes. La clínica muestra la distancia que hay entre el saber del Otro y el saber pulsional, esta es la distancia que cubre la fantasía inconsciente, o quizás la fantasía inconsciente surja naturalmente en ese no saber del significante sobre la pulsión, aunque el significante no deje igualmente de intentar una respuesta.
Habiendo repasado sintéticamente la función del cuerpo materno en la constitución del aparato psíquico pasemos ahora a pensar qué función podría jugar la institución en tanto función reparadora de ciertas operaciones psíquicas que podrían haberse inscripto de manera lábil o deficiente.
Tengamos en cuenta que los residentes de la institución denuncian en sus adicciones un exceso de goce que no ha podido ser enlazado de manera correcta por el aparato psíquico. Diremos que cierta falla en la inscripción de la metáfora paterna propició un exceso de goce circulante que fue a fijarse de manera sintomática al objeto droga. Hay una satisfacción inconsciente en ese objeto que viene de alguna manera a hacer “un algo” con la insistencia de la “no medida”.
En este punto comienza a emerger la tensión creativa a la que me referí al principio. Esta tensión comienza aquí debido a que en la operación que hace la institución con el exceso de goce es distinta a la operación que hace el psicoanálisis en relación al objeto droga. Uno trabajará con la abstinencia, el otro intentará hacer hablar al síntoma, para que el goce allí fijado pueda discurrir nuevamente dentro de la cadena significante, y así vaciar al cuerpo de ese exceso que insiste.
La hipótesis que planteo es que en este punto se presenta la oportunidad de poder concebir a la institución como una especie de re-edición de la metáfora paterna, una especie de re-encuentro con aquel garante que en su momento faltó a la cita, o llegó tarde quizás, sin ganas de encuentro. La Institución puede ser pensada como portadora de la potencia del orden de la terceridad simbólica que separa, pone la medida y da función y distancia a las partes. La institución está inscripta en el orden simbólico de la ley, y aceptar formar parte de esta implica un tipo de trabajo psíquico, una renuncia, justamente de aquel objeto que hace de metáfora de objeto encontrado. Podríamos decir, que el objeto droga debe sacrificarse como alguna vez en el desarrollo libidinal tuvo que sacrificarse el objeto incestuoso. Lo que me interesa aquí es poder ver ciertos paralelismos para poder pensar al cuerpo institucional como una instancia quizás necesaria para que la subjetividad pueda re encausar ciertos procesos subjetivos deficientemente resueltos en el pasado. La renuncia al objeto implica un corte, una castración si se quiere, que presenta al mismo tiempo la posibilidad de inscribirse de otra manera en la cultura, un re inscripción en el orden cultural ya no amortiguada por el objeto metáfora. Una nueva puesta en escena de ciertas funciones, pero con un mismo protagonista viviendo la obra interminable del propio deseo.
Una de las cuestiones interesantes que me parece importante remarcar es que el juego humano implica necesariamente un constante intento de encuentro con la medida de las cosas, y al mismo tiempo, una constante frustración ante la evidencia de que la medida falla. Pero gracias a que la metáfora paterna se inscribió de manera suficiente, esta frustración funciona a modo de una re-lanzadera hacia el futuro, con una nueva insistencia del deseo y su constante discurrir. Juego de la vida, juego de la metonimia y la metáfora…
¿Es la frustración de la “no medida” fuente de angustia; o es el encuentro con lo inabarcable pero siempre vivible y continuo movimiento del deseo y quizás de la creatividad…?
Este es el pasaje que el adicto debe atravesar y para ello es necesario el encuentro, o re-encuentro con el significante que aportara la medida, o mejor dicho, “su” medida, su punto capitone hacia lo abierto de la vida.
¿Puede el cuerpo Institucional funcionar de continente propicio para que las identificaciones proyectivas del residente puedan ser re-elaboradas, re-editadas y así re-inscribirse pudiéndose articular correctamente el exceso de goce?
Ahora sí, el momento del abrazo…
A mi entender, el cuerpo es presencia, si el cuerpo no es presencia no existo en el deseo del otro. Digo, presencia de la ausencia, espacio vacante que particulariza la subjetividad posibilitando el propio reconocimiento subjetivo gracias a que esa falta me convoca. Sentirme convocado es sentirme. Sin el espacio del otro, no me siento, porque deseo es deseo del otro… Así como existimos gracias a que otro nos aloja en su deseo, así también damos existencia ofreciendo nuestro espacio vacante… Massimo Recalcati lo formula de la siguiente manera: “El sujeto no es un conjunto de necesidades primordiales sino que es fundamentalmente deseo de ser deseado. (…) Donde deseo del Otro indica deseo no de alguna cosa, no de cosas, sino deseo de deseo, deseo de ser lo que puede faltarle al Otro, lo que puede cavar una falta en el Otro”.
La clave y la importancia de esto es fundamental para que el cuerpo Institucional pueda realmente funcionar como instancia reparadora en término de re-edición de la metáfora paterna. Porque si la Institución no está dispuesta a dar su falta, entonces muy posiblemente, se transforme en un cuerpo que goza de los residentes. Un cuerpo que da, porque tiene, a alguien que es, a alguien que no le representa ninguna pregunta, ninguna incógnita, ningún deseo genuino. Recalcati explica como la lógica del tener, del comercio, es la lógica que satura al deseo del otro atiborrándole con lo que se tiene, justamente allí donde en realidad lo que se demanda es la propia falta. No pasa meramente por responder a las necesidades del sujeto, sino que implicaría profundamente responder alojando al otro, responder por que falta, eh ahí la operación particularizante del deseo del Otro. Una Institución sostenida bajo la lógica del tener podría ser meramente un canal inconsciente para liberarnos de la angustia colectiva ante el síntoma denunciante de la adicción. Así como la respuesta de la cultura siempre es shopping, así te institucionaliza, te atiborra de mandatos y te suelta, con la conciencia limpia y las manos llenas de olor a objeto.
La cantidad de abrazos que vi y sentí, me revelaron la intuición (a mi modo de verlo) de que en lo profundo de la institución hay un espacio que convoca verdaderamente. Sentí a ese espacio haciéndose presente a través de mil abrazos, a través de mil miradas que parecían decir: “quién sos, me interesa escucharte…”. Estamos revelando el corazón de la Institución, corazón vacío y por eso mismo, corazón que ama.
La vida en comunidad tiene a la vez varias ventajas, de profunda riqueza para poder abordar la problemática del “goce solitario” que el objeto droga reclama . La vida en comunidad implica necesariamente salir al encuentro, y esto en sí mismo es trabajo psíquico. Nuevamente estamos en el plano de la renuncia regulada por la Ley, un cuerpo nuevamente re-enlazando sus goces. En la Comunidad constantemente se participa de tareas en las que se remarca la importancia del propio esfuerzo y dedicación para el buen funcionamiento del sistema general, o cuerpo institucional. En este sentido podemos tomar algunas ideas interesantes que plantea Winnicott en relación a acciones psíquicas que tiendan a la reparación. Toda labor de creación o de sublimación tiene como finalidad específica la elaboración de las fantasías primarias de pérdida, ya que apuntarían a recrear, restaurar un objeto originario perdido o destruido. Esta destrucción fantaseada del objeto es lo que el autor vinculará con el sentimiento de culpa inconsciente. Todo trabajo que se realice en forma constructiva promoverá mayores niveles de integración yoica al ser mediatizadas las pulsiones de destrucción y de muerte por las de amor (vida). Reparar es fortalecer al yo. El cuerpo institucional funciona en este sentido como enlace externo para esta operación psíquica tendiente a elaborar la culpa inconsciente.
Atravesamos hoy día una época en la que la lógica del tener, comprar y consumir del mercado han vaciado de sentido simbólico a los antiguas funciones que anclaban el valor metafórico del padre . El maestro, el sacerdote, el político… Todos devaluados en tanto investidura, devaluados por el mercado, como las rebajas de verano al finalizar la temporada. Revelándose la falencia de un significante y el desborde de un gozo compelido a tener, tener, gozar, gozar, ya, ya. En este sentido el cuerpo institucional reclama con fuerza su función, pide renuncia, reclama trabajo psíquico, devuelve Ley y da abrazos, muchos abrazos.
La clave del abrazo esta en el arte de enlazar armónicamente a la norma y el amor. Las reglas de la fundación se hacen oír en su infranqueable borde, al mismo tiempo que los abrazos circulaban contenidos en ese borde, regulados por ese borde.
Retomando las funciones de sostén, manipulación y presentación objetal de Winnicott, podríamos decir que el cuerpo institucional a modo de continente, en forma de abrazo y ley, permite a los residentes nutrirse de confianza y fuerza para reinvestir el mundo exterior, para salir a explorar nuevamente una realidad nueva, re-editada, ya no mediada por ese goce solitario y autoerótico. Por sobre todas las cosas la realidad es ahora una realidad compartida. ¿Podría pensarse quizás como una analogía del objeto transicional? Una vez introyectado el objeto el niño gana autonomía y distancia de la madre. Este es quizás otro paralelismo interesante al valorar del cuerpo institucional.
Cerrando el trabajo, me interesaría mostrar ciertos puntos importantes a tener en cuenta a la hora de hacer dialogar el paradigma psicoanalítico con la institución.
A mi modo de ver el despliegue de este trabajo creería necesaria como fase final del atravesamiento institucional un trabajo montado en el dispositivo psicoanalítico, si es que surge la demanda. Y esto me parece a mí de gran relevancia, ya que así como la institución repara, poniendo borde y medida, también aliena. Todos los humanos, por estar atravesados por la lógica del gran Otro estamos destinados a jugar el juego de la alienación/ separación, en un constante suceder del deseo y la búsqueda de medida. El gran Otro esencial marcó a fuego la alienación primordial, dejándonos signados de esta manera a elaborar esta marca, digo, somos la elaboración viva y parlante de esa marca. Esta marca se ve en su desnudez en la dimensión de la vergüenza. Massimo Recalcati siguiendo a Paul Sartre dice: “sentimiento bisagra que unifica el ser parlante para-si con su ser-para-Otros. No se podría avergonzarse si el Otro no existiese, porque la vergüenza es lógicamente vergüenza de frente al Otro (…) de esta dependencia la vergüenza hace signo”. En este sentido, ´ciertos cuerpos enmendados, reparados por la Institución necesitarían quizás encontrarse con esta marca a solas, a solas con el propio fantasma para ver en esta desnudez la marca motora, la marca del Otro, implicancia verdadera con la propia responsabilidad subjetiva. Estar a la altura del hacer algo con esa marca es el pasaje mismo a través del camino analítico.

Conclusión:
Creo que el cuerpo institucional plantea (bajo los términos que se siguieron en este trabajo) un contrapeso necesario al profundo vacío simbólico que atraviesa la Cultura hoy día. El cuerpo institucional puede funcionar en su dimensión simbólica de garante de la ley, de marco normativo que pacifique el exceso de goce que encontramos en los trastornos de adicción. Pero el cuerpo institucional nos revela aún otra dimensión… El cuerpo, el abrazo, las miradas, las voces de aquellos que hacen de la realidad una realidad compartida, una realidad que posibilita el encuentro con el otro. Lo esencial de este proceso será sostener cierto lugar de abstinencia, cierto espacio a la posibilidad, presentar y ofrecer la falta es la clave esencial para que el cuerpo institucional pueda realmente ser un cuerpo permeable. Y para este fin el encuentro con el psicoanálisis es sin lugar a dudas un encuentro deseado.